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2016-03-04
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FICCIÓN: “EL HIJO DE SAUL”, DE LÁSZLÓ NEMES: EL INFIERNO INTERMINABLE
El film húngaro ganador del Oscar a Mejor Película Extranjera en la edición 2016 entrega una nueva mirada sobre el Holocausto.

“Cuando empezamos a preparar la película lo hicimos con este dato: se calcula que en Hungría fueron deportados cerca de 430.000 judíos húngaros en apenas ocho semanas. Un total de 100.000 de ellos eran niños por debajo de los 18 años de edad. Ninguno de ellos tuvo un entierro. Ni digno ni vergonzoso. Nada. Con un poco de suerte, habrá 5.000 compatriotas míos – a lo mejor la cosa se queda en 1.000 – que irán a ver la película. Mi deseo y el del equipo es que sean 100.000. Me gustaría que hubiera un representante de cada niño en la mirada de cada espectador. Todo lo que cuento es una herida abierta en mi país y en Europa que yo personalmente puedo sentir. Oigo decir a la gente que el Holocausto es una cosa del pasado y, cuando les hablo de mi película, ponen cara de ‘otra película más sobre el tema’. Como si fuera una remake más del hundimiento del Titanic. No, para nosotros, es el presente. No es un mito; eso es lo que nos motivó. Sólo seguimos adelante porque era una película sobre el presente”. El que habla es László Nemes, (Budapest – 1977) sobre su ópera prima “El Hijo de Saul” (Saul Fia – 2015), proyecto que comenzó hace cinco años con una exhaustiva investigación que fue de Shlomo Venezia a Filip Müller pasando por las memorias del médico Miklos Nyiszli que trabajó en los hornos crematorios. Formado por el mítico director Béla Tarr, le resultó bastante complicado conseguir la financiación de una película que todo el mundo creía ya contada. “Estábamos convencidos de que una producción como ésta tenía que contar con la mayor cantidad de países. No queríamos que fuera una historia de Hungría, sino de Europa y, también, del mundo. Pero no fue posible. Contamos con ayuda de una organización de Nueva York y poco más. Sea como sea, estamos muy orgullosos de haber sacado adelante todo con un presupuesto mínimo”. Una vez acabada, siguieron los problemas. Originalmente, fue rechazada incluso en el Festival de Berlín, probablemente su lugar natural. “Pensamos que habría sido una buena elección para conmemorar el aniversario de la liberación de Auschwitz, pero me equivoqué. No la quisieron en la sección oficial”, dice. Y así hasta Cannes. “La enviamos aquí un poco resignados. La primera notificación que recibimos es que la aceptaban. Nos alegró muchísimo pensando en que tendría un hueco en Un certain regard. Cuando nos dijeron que era la sección oficial, más que alegría fue pánico lo que sentí”. La película ganó cuatro galardones en el festival, entre ellos el premio FIPRESCI y el Gran Premio del Jurado, además de un Globo de Oro, un Oscar y decenas más.

El director insiste que su película no trata de sobrevivientes: “El cine sobre el Holocausto siempre habla de los sobrevivientes, y eso me resulta inquietante porque hace que nos sintamos a salvo, y aumenta la brecha que nos separa de las víctimas. Por eso quise poner al espectador en el centro de la maquinaria de exterminio. Me molesta cuando las películas del Holocausto insisten sobre un hecho extraordinario como el de salvarse. Mi personaje lo intenta, pero lo hace a la desesperada. No hablo de cómo se escapa del campo, sino de una huida interior. ‘El Hijo de Saul’ no habla de supervivencia sino de muerte, porque la supervivencia es una mentira. Nunca se dio. Si lo hizo, acaso fue una mínima excepción. La regla en los campos, su única verdad, era la muerte. Quise devolverles a los muertos su dignidad. Y es eso lo que la hace diferente”
No creo que nadie pueda, ni que nadie deba, hacer la película definitiva. Pero en todo caso hacía falta una película más visceral. Y yo llevo queriendo hacerla desde que era un niño. Tenía cinco años cuando mi madre, que había perdido a sus abuelos en Auschwitz, me habló del Holocausto, y el tema me ha obsesionado desde entonces.
El film evita mostrar el horror de forma explícita: “Sí, mostrar demasiado habría sido pura explotación, pero tampoco quería edulcorar la realidad de los campos. Por eso decidí permanecer pegado al punto de vista de mi protagonista (Géza Röhrig), ver y oír en todo momento solo lo que ve y oye alguien que ha perdido la habilidad de ver el horror. La idea era estimular la imaginación del espectador, que él recree en su mente la enormidad de la barbarie” dice Nemes. Saul, el protagonista, es un miembro de los Sonderkommando, prisioneros judíos obligados por las SS a encargarse del trabajo sucio en las cámaras de gas. “Pienso que el acto más terrible de los nazis fue hacer que los judíos se mancharan las manos con la sangre de su propia gente; forzando a algunos de ellos a ayudarlos en el exterminio, los privaron hasta del consuelo de sentirse inocentes. Eso es la maldad pura”.

Hay quienes dicen que del Holocausto no debería hablarse, que cualquier película sobre ello es una trivialización. Nemes no está de acuerdo. “Creo que ese enfoque pretende mitificar el Holocausto, y la mitificación es algo que alimenta a todos los neonazis del mundo. Estoy de acuerdo en que no hay que convertir el exterminio en un espectáculo hollywoodense. Pero si no hablamos de ello, si no asumimos que sucedió y que es una evidencia de las tendencias genocidas que todos nosotros poseemos en nuestro interior, no seremos capaces de evitar que algo así ocurra de nuevo”







