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2020-04-15
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FICCIÓN: EL HOYO, DE GALDER GAZTELU-URRUTIA: EL JUEGO DEL HAMBRE
La ópera prima del director español que desnuda la lucha por sobrevivir en un terrible confinamiento se convirtió en lo más visto de Netflix en tiempos de pandemia.

Galder Gaztelu-Urrutia es un productor oriundo de Bilbao. Firmó en 2003 913 y ocho años después La Casa del Lago, ambos cortometrajes. El Hoyo marca su debut en el rubro largometraje, con el cual obtuvo premios en los Festivales de Cine de Toronto y Sitges, entre otros. El año pasado se pudo ver en cines, y ahora, su reciente estreno en la plataforma Netflix la catapultó al éxito masivo, convirtiéndose en lo más visto en países como Estados Unidos, México, Colombia, Brasil, Venezuela y España. ¿De qué va? Existe una tenebrosa prisión con cientos de pisos. En cada uno hay dos reclusos encerrados, que reciben la comida que les llega en una plataforma que baja desde el primer nivel hasta el último. Es decir, los que están más abajo sobreviven gracias a lo que les sobra a los de arriba. Pero, cada mes, su suerte cambia por completo cuando los trasladan de piso aleatoriamente. Otro dato importante: la comida permanece en cada nivel solo por unos minutos.
Gaztelu-Urrutia comprende los paralelismos que el público encuentra con la pandemia del COVID-19 y cómo sus angustias por estar encerrados se pueden acentuar al ver la película: “Todos lo estamos pasando mal con este virus, pero según cuáles sean tus recursos lo vas a pasar mejor, peor o muy mal. No es lo mismo estar recluido en un pisito que en una casa en la que te de igual salir a la calle porque tienes jardín y espacio.”

Pero antes de la pandemia, la película ya había generado suficiente interés por sí misma. El director vasco opina que “creo que se debe a las múltiples lecturas que posee, aparte de su metáfora principal: en algún momento, la humanidad tendrá que afrontar el reparto justo de la riqueza. Y luego tiene muchas visiones y sub-lecturas de por qué eso es tan complicado. Se habla de por qué somos todos tan egoístas y –pudiendo hacer una crítica sencilla y populista del sistema capitalista– la película no se para ahí, sino que apela a la responsabilidad de cada uno y a que el individuo tiene que tomar iniciativas personales si queremos arreglar esto, porque no podemos esperar a que lo hagan los gobiernos o las grandes corporaciones. Tenemos que exigir responsabilidades a los mandatarios, pero tampoco lo van a hacer todo ellos, y si además los usamos de excusa para no hacer nosotros nada, al final no van a cambiar las cosas. No hay un ataque directo para nadie: la película no va contra los de arriba, sino sobre qué harías tú dependiendo de en qué nivel te encuentres. Hay en el film una crítica al sistema capitalista, pero también al socialista. Es durísima. Queremos que el espectador se quede con todas esas preguntas, comente, genere discusión, debate y reflexión, la misma que nos hacemos nosotros, pues no queríamos ser panfleteros, ni soltar sermones o adoctrinar. Hemos extrapolado nuestras propias preguntas a la película. Y no queríamos juzgar ni ofrecer soluciones milagrosas, porque no las hay. La humildad de la película, desde su concepto inicial y su producción, conectó con el público.”
Pero antes de la pandemia, la película ya había generado suficiente interés por sí misma. El director vasco opina que “creo que se debe a las múltiples lecturas que posee, aparte de su metáfora principal: en algún momento, la humanidad tendrá que afrontar el reparto justo de la riqueza. Y luego tiene muchas visiones y sub-lecturas de por qué eso es tan complicado. Se habla de por qué somos todos tan egoístas y –pudiendo hacer una crítica sencilla y populista del sistema capitalista– la película no se para ahí, sino que apela a la responsabilidad de cada uno y a que el individuo tiene que tomar iniciativas personales si queremos arreglar esto, porque no podemos esperar a que lo hagan los gobiernos o las grandes corporaciones. Tenemos que exigir responsabilidades a los mandatarios, pero tampoco lo van a hacer todo ellos, y si además los usamos de excusa para no hacer nosotros nada, al final no van a cambiar las cosas. No hay un ataque directo para nadie: la película no va contra los de arriba, sino sobre qué harías tú dependiendo de en qué nivel te encuentres. Hay en el film una crítica al sistema capitalista, pero también al socialista. Es durísima. Queremos que el espectador se quede con todas esas preguntas, comente, genere discusión, debate y reflexión, la misma que nos hacemos nosotros, pues no queríamos ser panfleteros, ni soltar sermones o adoctrinar. Hemos extrapolado nuestras propias preguntas a la película. Y no queríamos juzgar ni ofrecer soluciones milagrosas, porque no las hay. La humildad de la película, desde su concepto inicial y su producción, conectó con el público.”

También había que pensar en ese particular espacio que define la trama: “Hubo que inventarlo, y fueron meses de trabajo pensando cómo sería ese lugar. Nos pusimos en la piel del sistema político y del arquitecto que lo hicieron: sabíamos que tenía que ser un sistema deficiente, barato, robusto, inexpugnable… y dimos con esa estructura de hormigón, tan rectangular y con proporciones homogéneas: por ejemplo, la base de la celda es igual, en proporciones, al agujero; y las placas de la pared son proporcionales a la planta. Está todo pensado, como si fuera obra más que de un arquitecto, de un ingeniero: buscando la eficiencia. Todo ello lo levantamos en un pabellón del puerto de Bilbao, que pertenece a la Cruz Roja: construimos dos plantas y luego, en posproducción, se prolongó hasta el infinito.”
La película refleja desde el civismo y ganas de ayudar con las que entra a la cárcel Goreng (Iván Massagué), hasta el lado más oscuro y codicioso de Trimagasi (Zorion Eguileor), dispuesto a matar o al canibalismo si es necesario para sobrevivir a este particular encierro. Según Gaztelu-Urrutia, todos tenemos un poco de ambos personajes y debemos decidir quién gana en nuestra propia batalla interna: “En un primer visionado, cuando miramos a Goreng, vemos lo que queremos ser. Y, cuando miramos a Trimagasi, vemos lo que somos”. No faltan los que intentan distribuir la comida de manera equitativa como Imoguiri (Antonia San Juan), quien trata de impulsar una revolución pacífica para que también los de los pisos más bajos puedan alimentarse. Lo hace apelando a una “solidaridad espontánea”, la misma que hoy podríamos identificar en los llamados a quedarnos en casa a fin de evitar contagiar a otras personas, por mucho que nosotros estemos sanos y no pertenezcamos a grupos de riesgo. Millones en el mundo accedieron a confinarse por el bien de la humanidad. Pero en El Hoyo convencer a los afortunados de los primeros pisos de que no coman hasta reventar para dejar algo al resto de presos puede resultar muy complicado: “Imoguiri se topa con el egoísmo propio de nuestra especie, siendo el gran anhelo de la mayoría escalar posiciones, cueste lo que cueste. Con nuestras cartas, desde nuestro nivel, todos las sufrimos y, lamentablemente, directa o indirectamente, todos las ejercemos.”

El director considera que la revolución de la que habla la película implica un cambio de régimen, por lo que admite que es “prácticamente imposible” hacerla de manera pacífica y que todos cedamos nuestra posición voluntariamente para conseguir una sociedad más justa. Preguntado si, como parece, la película es una crítica al capitalismo y desigualdad del sistema actual, el cineasta responde: “No es una crítica social, es una autocrítica social. Yo también estoy en el hoyo y me veo identificado en muchos aspectos despreciables de la película.”
Tras el éxito arrollador de su primer largometraje, la pregunta evidente es ¿habrá segunda parte? Y el cineasta vasco ni lo confirma ni lo desmiente: “Desde septiembre estoy con los mismos guionistas desarrollando un proyecto que tiene mucho que ver con lo que está pasando en estos momentos. Si decidimos rodar una secuela, decidiremos entonces el enfoque.”







