Mirá las entrevistas y últimas novedades del Audiovisual en Argentina y el mundo.
2017-07-04
Compartir esta página
FICCIÓN: “VERANO 1993”, DE CARLA SIMÓN: LA INOCENCIA INTERRUMPIDA
La ópera prima de la realizadora catalana obtuvo premios y distinciones en prestigiosos festivales del mundo, incluido también el galardón a la mejor directora en el BAFICI 2017.

Para Carla Simón el verano de 1993 fue sumamente especial, pero no precisamente debido a una experiencia placentera. Por aquel entonces, era una nena de seis años que acababa de perder a su madre a causa del Sida (su padre ya había fallecido tres años antes por el mismo virus) y de pronto tuvo que abandonar su casa de Barcelona para vivir junto a sus tíos en el pequeño pueblo de Les Planes d’Hostoles (Girona). Esa época tan trascendental fue plasmada en su debut en el largometraje con Verano 1993 (Estiu 1993), emocionando a todos en los distintos festivales a los que se ha presentado: mejor ópera prima en la Berlinale, Biznaga de Oro en Málaga, tres premios en el festival BAFICI de Buenos Aires o premio especial del jurado en Estambul son algunas de sus hazañas hasta la fecha.
“Lo más importante es estar contento con lo que has hecho. Aunque confieso que tuve un momento de pánico; después de rodar y antes de empezar a montar. Cuando sabes que no has hecho lo que tenías exactamente en la cabeza y te da miedo que no le vaya a gustar a la gente. Además, al ser una historia tan personal, yo tenía imágenes muy concretas y recuerdos muy presentes. Pero, al aspirar al tono realista, había que renunciar a eso muchas veces. Luego me metí en el montaje y me olvidé.”

La directora pasó una temporada estudiando en Londres, Inglaterra, habiendo realizado algunos cortos allí, en idioma inglés “porque no me quedaba otra; yo seguí el camino largo. Cuando terminé el bachillerato sabía que quería hacer cine, pero la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya) era muy cara. Así que hice Comunicación Audiovisual, luego un Erasmus en California donde hice asignaturas de guión y se me pegó esa energía americana. Conseguí una beca de la Caixa para estudiar en Londres. Quería vivir fuera y conocer su industria. El hecho de encontrarme con gente tan diferente y lugares tan distintos me ayudó a definir qué historias quería contar. De todas formas, de niña tenía muchas vocaciones. Me gustaba viajar y el periodismo. Pero en bachillerato cursé una asignatura que se llamaba Imagen. Ahí me di cuenta de lo que se podía llegar a contar a través del cine.”
Al hablar de referentes, Carla confiesa que “Lucrecia Martel me encanta. Sus pelis son de esas que, cuando sales del cine, te las llevas contigo. Me gusta mucho cómo filma Alice Rohrwarcher. Y, por supuesto, (Víctor) Erice y (Carlos) Saura, que para mí son con quienes descubrí el cine. El Espíritu de la Colmena (1973) y Cría Cuervos (1976) me han acompañado mucho en Verano 1993. Tienen esa sutileza para hablar de una época histórica de España que a mí me encanta. Y también la capacidad de contar al niño como un ser de mucha complejidad. Por otro lado, Mar Coll es un referente más cercano. Nos conocemos, y me ha ayudado mucho. Ponette (1996) de Jacques Doillon, sobre una niña de cuatro años que pierde a su madre, también fue fundamental. Pero, curiosamente, más que estas referencias nos ayudaron mucho las fotos de cuando yo era pequeña, los colores, los encuadres… Queríamos capturar la sensación de video doméstico. Con Santi (Racaj, el director de fotografía) siempre decíamos que teníamos que encuadrar con eso en mente.”

Su primera intención fue la de hacer una película sobre su madre, Neus, pero no fue fácil reconstruir esos recuerdos. “Escribir el guión fue una experiencia muy fuerte. Lo escribí en una semana, a partir de documentos que tengo, porque siempre escribo mucho. Soy consciente de que esto no me va a volver a pasar en la vida, escribir en tan poco tiempo un guión. Esos documentos que había escrito eran muy interesantes pero muy deslavazados. Ahí estaban ya la primera escena y la última. Así que fue más un trabajo de darle estructura, forma de película. Hice mucho laboratorio de guión para que me guiasen y me asesorasen, porque el problema de hacer algo tan personal es que, a veces, te obsesionas con mantener cosas que a ti te parecen cruciales pero que no lo son para la historia. Por ejemplo, en uno de estos laboratorios me dijeron que faltaba la presencia de la ausencia de mi madre. Ahí tuve una pequeña crisis porque pensé que no sabía quién era mi madre, así que hice un viaje de búsqueda por los sitios por lo que ella había pasado, y de ahí salieron algunos rasgos de ella. También me hizo reconocer a mi nueva familia: mis nuevos padres y mi hermana, todas esas cosas que no te planteas cuando las estás viviendo porque eres una niña.”

La película toca una fibra dolorosa para la propia realizadora: “Al principio, la gente me preguntaba si hacía la película para curarme, como algo catártico. Creo que Verano 1993 me ha servido para reconectarme con mi propia historia. Al contarla tantas veces había empezado a parecer la historia de otro. Así que esa sensación de contarla como si nada me la he quitado un poco. Yo no supe que mis padres habían muerto de sida hasta que cumplí 12 años. Sin embargo, en la película lo hice un poco más evidente, más exagerado. Por ejemplo, no me acuerdo de haber vivido una escena como la de la caída, pero tenía que ser algo sutil, que no se entendiese bien. También me ayudó mucho leer sobre adopción, pérdida infantil, resiliencia… Aprendí que el niño adoptado suele seguir un determinado número de pasos: llega, observa a su nueva familia, se porta bien durante un tiempo como en una especie de luna de miel, pero luego mira a ver si puede confiar en ellos, presiona, y cuando tiene los límites claros, se asienta. También hablé con mi pediatra para ver cómo se vivía el tema del sida en la época.”
La debutante Laia Artigas se mete en la piel de esa niña que debe enfrentarse a la muerte, incapaz de derramar una sola lágrima porque no acaba de entender el drama que la rodea. Y Paula Robles, a su prima menor: “El primer paso fue encontrar a niñas que se parecieran a los personajes. Y lo mismo con la relación entre ellas, que se pareciese a la relación que había escrito. Luego, estuvimos dos meses viéndonos los fines de semana, entre nosotras y también con los adultos. David Verdaguer y Bruna Cusí pasaban mucho tiempo con ellas, hacíamos improvisaciones súper largas, de cinco horas, que eran dar un paseo, cocinar, algunas veces cosas relacionadas con la película… La idea era que, de alguna manera, pudiésemos crear recuerdos comunes en los actores para que en el set todo fuera real. Después, nos fuimos a la Garrotxa dos semanas antes de rodar y ensayamos en las locaciones. Entró en ese momento una coach y en estos ensayos, queríamos que ellas entendiesen lo que íbamos a hacer. Ellas nunca leyeron el guión. Había escenas muy libres, con una premisa, pero en las que las niñas improvisaban, reforzadas por cosas que les habíamos visto hacer o decir y que sabíamos que funcionaban. Había otras escenas en las que tenían que ser más precisas. Yo hablaba mucho en la toma y las iba guiando. En posproducción quitamos mucho. Los adultos tampoco memorizaban el guión. David (Verdaguer) y Bruna (Cusí) se adaptaban. Laia tenía mucha intuición y respondía muy bien a lo que le daban los otros actores. Y Paula tiene mucha memoria. Además, tomamos la decisión muy arriesgada de contar las cosas en planos largos con esa imprecisión que hace que el cine parezca tan real. Eso hizo que tuviéramos muchas miradas a cámara, pero cuando funcionaba era maravilloso. La cámara es muy sencilla, no se mueve mucho, ellas entraban y salían, y no había esa sensación de artefacto de los planos más cortos.”







