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2021-11-04

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FICCIÓN: TANTAS ALMAS, DE NICOLÁS RINCÓN GILLE: EL PODER DE LA PALABRA

El primer largo de ficción del documentalista colombo-belga fue seleccionado para participar como mejor película iberoamericana en los Goya 2022.

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Tantas Almas (Nicolás Rincón Gille – 2019): “La película es la lucha de un padre por no volverse loco, por no suicidarse, por reconstruir su vida después de que pierde lo más preciado que son sus hijos. Es un viaje en el río, en el que quiere encontrar los cuerpos de sus hijos, pero también es un río que hace desaparecer todo. Tantas Almas se pregunta cómo diablos hace una sociedad como la nuestra para seguir guardando lo mejor que tenemos: la esperanza”

Tantas Almas narra la travesía de José, un padre que vive una verdadera travesía por recuperar el cuerpo de sus hijos Dionisio y Rafael, asesinados a manos de los paramilitares, para darles sepultura. Se trata de una coproducción entre Colombia, Brasil, Francia y Bélgica, país en el que reside el director desde hace varios años. La película se estrenó en todas las salas de cine de Colombia en septiembre, después de año y medio de espera porque, según habían establecido, la historia saldría al aire en marzo de 2020 y, sin embargo, la pandemia obligó a la industria a poner en pausa el estreno para el público en general.

Nicolás Rincón Gille, graduado en Europa en dirección de fotografía, se ha destacado en los últimos años por la realización de la trilogía documental Campo Hablado, integrada por En lo Escondido (2007), Los Abrazos del Río (2010) y Noche Herida (2015).

Dice el director: “Antes de Tantas Almas, en mi trabajo documental me interesé profundamente por explorar la figura masculina en el campo. Por las condiciones como impactó la guerra de manera diferencial sus territorios y el machismo estructural, los hombres rurales no se muestran fácilmente sensibles o frágiles: siempre hay una suerte de juego de apariencias. Aunque uno sepa en la intimidad que los hombres no son todos guerreros aplastadores, en el campo hay un juego de imágenes de masculinidad hegemónica, de aspereza, rudeza y severidad que muchos deben adoptar para mantenerse vivos. Yo quería hurgar allí y darle la vuelta: representar a un padre frágil. Quizá por eso tuve que volcarme hacia la ficción para poder hacerlo. Con frecuencia la figura del padre en el cine colombiano —y, en general, en nuestra sociedad— se ha abordado desde el arquetipo del patriarca devastador, arrogante y violento. El padre es usualmente una figura de poder avasalladora. Pero mi experiencia trabajando en lugares como Simití, donde rodamos la película, no ha sido esa. Yo he podido ver detrás de ese juego de representaciones la ternura, el amor y la fragilidad de esos hombres. Aunque en la realidad sí son muchas más las mujeres y madres que lideran los trabajos de duelo y memoria, aquí quería poner el ojo en la figura masculina para justamente pensar desde lugares menos evidentes el papel de los hombres en procesos como la búsqueda de familiares desaparecidos. Quise encontrar una imagen especular de Antígona que dislocara el relato dominante del patriarca. José, como muchos hombres del sur de Bolívar, es un padre al que no lo mueve la venganza, que no es un justiciero, sino que busca una reconciliación con su entorno y consigo mismo para seguir viviendo.”

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Tantas Almas (Nicolás Rincón Gille – 2019): “Ante la pregunta de cómo hace uno para no volverse loco y no perder la esperanza, lo que vi en las personas cercanas a situaciones de violencia, es que reconstruían su mundo gracias a sus creencias. Y son creencias propias de acuerdo a lo que a cada uno le tocó vivir, es decir, ‘la violencia nos cayó encima pero no nos destruyó’, la espiritualidad es básica para no dejar apagar la llama de la esperanza, que es la clave para ver el mundo de otra manera y reconstruir”

Rincón Gille continúa: “La película nació con testimonios de personas que sufrieron la violencia paramilitar en el sur de Bolívar y, poco a poco, empecé a descubrir que en esos ejércitos paramilitares en realidad quienes cometían las atrocidades eran jóvenes desposeídos. Esos jóvenes eran forzados a actuar así y, en el proceso, iban perdiendo su sensibilidad y su identidad. Hay una contradicción interna insoportable: ellos tienen madres, padres y familiares en el territorio que arrasan y dominan. En algunos observé que esa culpabilidad nunca los abandona. No pueden huir de la sensación de que a quien están matando puede ser su tío, su primo o su amigo, y que en algún momento la víctima se las va a cobrar. Hay una conciencia moral rota en la que saben que lo están haciendo no es justo, pero también tienen la certeza de que en el plano terrenal y material no habrá consecuencias ni represalias. No obstante, hay algo que queda instalado en la psique y en los cuerpos, y eso solo puede volver como espectro. Eso me parecía central: la idea de culpa y de que el horror traerá consecuencias, así venga desde las almas. Las almas caen sobre toda la sociedad y en esos contextos es difícil mantenerse indiferente. El personaje del segundo José, el chico paramilitar que trata de escaparse, es la representación de eso.”

La espiritualidad, el terror metafísico, tienen un peso importante en la trama: “En la película sí quería poner de manifiesto las formas como los sujetos asediados por la violencia logran valerse de lo que tienen para combatir en una lucha desigual. La cultura, la herencia y la tradición, que baña a todos por igual —incluso a los hombres armados—, es lo único que logra poner en un mismo tablero a ambas partes. En un terreno de batalla física no, porque José no está armado, pero en el terreno narrativo y simbólico, de la conciencia, él logra situarlos como iguales y sembrarles miedo desde la única herramienta que tiene: la voz, el relato. Ellos quieren aplastarlo en su búsqueda y se divierten con él como un gato juega con un ratón, pero él logra encontrar las fisuras de ese teatro de la dominación. Busqué explorar esos usos de la espiritualidad en Colombia, no desde la religión institucionalizada, sino como unos acervos culturales y narrativos que han permitido a las víctimas contarse de otra manera lo que están viviendo. Las prácticas espirituales en el campo son prácticas vivas que logran darle sentido a vidas precarizadas. Es lo único que a muchos les ha permitido darle otro sentido a una situación de violencia que, vista de otro modo, sería insoportable. Es una forma de recontarse las cosas más allá de la certeza de la atrocidad o de unos datos fríos; esos relatos dejan abordar hondamente la pregunta que toda víctima se hace siempre: ‘¿Por qué me está sucediendo esto? ¿Cómo hago para seguir viviendo tras este hecho?’. La capacidad de contar, su palabra, es el arma de José. Y esa palabra que genera temor es lo que permite disputar espacios de poder simbólico con un otro que tiene todo el control físico.”

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El director Nicolás Rincón Gille en el set de Tantas Almas (2019): “El cine puede ofrecer un aporte emotivo y sensitivo de cara a verdades. En el cine asistimos a historias personales, no a grandes definiciones sociológicas o puramente informativas —aunque hay ese tipo de películas y son necesarias—. Ese cine nos va a permitir acercarnos desde testimonios concretos a esa gran pregunta que se hace la Comisión de la Verdad de Colombia: qué fue lo que nos pasó durante el conflicto y por qué. Las películas aterrizan esas preguntas en casos concretos: vemos qué implican esos problemas en el día a día, cómo lo vivió alguien particular, cómo lo confronta, cómo lo trasciende. Eso es muy importante cuando se habla de verdad. Aunque la verdad sea en todo caso subjetiva, como sociedad debemos aproximarnos lo que más podamos a ciertos marcos comunes que nos permitan entender por qué el otro hizo lo que hizo. Gracias al cine podemos acercarnos a ese otro, volver a ver problemas que hemos naturalizado”

Nicolás cuenta cómo desarrolló el recurso sonoro para su film: “Busqué ensamblar ese contraste de masculinidades, de personalidad y poder, diferenciando radicalmente el ruido saturado de los paramilitares y la palabra cantada de José. Para mí era clave que, a pesar de su silencio, José tuviera un lazo con sus hijos a través de canciones. Cada hijo tiene una, y son canciones de la cultura popular costeña. A mí ‘Los Arrabales’ me hace llorar de lo nostálgica que es. Ese es el sonido de su búsqueda y de su duelo: la palabra silenciosa, cantada serenamente. Del otro lado, percibí en mi trabajo en el territorio que muchos paramilitares ni siquiera escuchan la música que ponen: no buscan sentido en las canciones, lo que necesitan es saturarse. Buscan neutralizar su pensamiento en la saturación del movimiento —cuando bailan no están bailando con personas sino con cuerpos— y del estruendo de los parlantes. Dramáticamente traté de escribir esa tensión en términos sonoros. La película no tiene música extradiegética, pero el sonido sí provoca un contraste espacial y de poder: el reguetón y el vallenato estallado, que asedia y ocupa el espacio, y los gritos de los paramilitares versus el silencio y la palabra dulce de José, su canto camuflado. Y, mediando entre ambos, están los sonidos de la naturaleza, que a veces acompañan a José y, a veces, anticipan que las cosas no están bien, que algo malo se avecina.”

La mayor parte del elenco está conformada por actores no profesionales. Explica Rincón Gille: “Al principio la idea era que todos fueran actores naturales. Los jóvenes paramilitares lo son, pero en el camino me di cuenta de que había en muchos una dificultad para la representación del mal. En sus vidas personales muchos están del lado de las víctimas, son ellos mismos víctimas, entonces cuando actuaban la violencia la actuaban de manera muy frontal, muy literal: violencia sobre violencia, agresión pura sin nada atrás. Ahí llamé a Pedro Suárez y a Carlos Vergara, ambos actores profesionales que han trabajado muy de cerca temas de conflicto. Creo que esa distancia entre la vida y la representación sí hizo que lograran imprimirles a los personajes ese fondo que faltaba, eso que solo se consigue con la conciencia de la teatralidad. Con Carlos hablábamos de qué significa ser un jefe paramilitar. Él me contaba desde su propia experiencia en la costa cómo muchos de los que llegaron a esos rangos eran niños a quienes sus padres, gente con mucha riqueza, les dieron todo lo que querían y por eso generaron una relación de despotismo lúdico con la gente: están encerrados en ellos mismos. El horror es un juego para ellos: no tienen límites, nunca los han tenido. Por ahí comenzamos a darle el fondo que necesitábamos, ese juego de puesta en escena en el que al jefe paramilitar le divierte matar, jugar con sus víctimas. Muchos son tipos aburridos, que necesitan extraer del torturado esa testosterona que los anima, porque no tienen un sentido cotidiano de vida, a diferencia de alguien como José, para quien su cotidianidad es el centro de una vida plena. Los paramilitares jugaron muy bien el juego de la representación. Hay una conciencia en ellos de su cuerpo, de sus acciones y delitos, de los efectos simbólicos de ese teatro. En la secuencia con el jefe paramilitar se recrea esa imagen de que la tortura es una tomadera de pelo: el juego de fingir ser su amigo, el jugar a que te ayudo y luego no te ayudo y luego sí te ayudo y te mantengo ahí hasta agotarte.”

Con respecto a la importancia del río en la película, el director expresa: “Los ríos en Colombia son metáfora ambigua: son agua, vida, el lugar natural donde nos hemos asentado como humanos, pero al mismo tiempo han sido el lugar en el que se camufla el horror. Es el lugar donde hacen desaparecer los cuerpos, como si eso fuese posible. Como símbolo antinómico ha fundado todo un campo del cine colombiano —de hecho, toda una región de nuestra realidad social y cultural—. El río como ente vivo también supone un reto práctico para uno como cineasta, porque uno no lo conoce, uno ve solo la superficie. El Magdalena es súper vasto, no es fácil saber su profundidad ni su corriente, cosa que sí conocen los pescadores. En Tantas Almas trabajamos con ellos desde esa dimensión física del río: los lancheros nos ayudaban durante el rodaje a construir los tiempos del plano en cada lugar que se prestaba para lo que queríamos. Nos asesoraban en las velocidades, nos recomendaban dónde grabar y dónde no, dónde era muy profundo o dónde iba muy rápido. Una de las cosas que he aprendido ahora es que estamos en una circularidad histórica, repitiendo siempre las mismas cosas, creemos que ya vamos a salir y volvemos. Y el río es eso: una corriente que pasa y que pasa, que cambia y es la misma, y nos empuja a tener reflexiones personales sobre la vida, sobre la muerte, sobre la permanencia y la transformación. Por eso hay tantas películas de río y seguirá habiendo.”

FUENTE: https://canaltrece.com.co