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2015-07-02
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DOCUMENTAL: “ALLENDE, MI ABUELO ALLENDE” DE MARCIA TAMBUTTI ALLENDE: EL SILENCIO DEL DOLOR
La directora chilena presentó el film sobre su abuelo en la Quincena de Realizadores en Cannes 2015, obteniendo el premio Ojo de Oro al Mejor Documental.

Marcia Tambutti Allende es nieta de Salvador Allende. Del hombre, y del mito. El documental que acaba de obtener el Ojo de Oro en Cannes este año – además de ser nominado a la Cámara de Oro – nació como una búsqueda personal de esta mujer de mirada franca y apellido potente.
La intención era saber quién había sido aquel abuelo del que su propia familia poco le decía aunque, paradójicamente, puertas afuera eran los principales difusores de su legado. Romper el silencio familiar, escarbar en los recuerdos, confrontar la mirada generacional, fue un viaje que le llevó ocho años y el reencuentro con Chile, tras toda una vida establecida en México, donde tuvo una breve experiencia en el cine tras producir el mediometraje “Tencha” (Carmen Luz Parot – 2008), un trabajo sobre su abuela, Hortensia Bussi. Por esos años, ya tenía la inquietud de hacer un documental sobre su abuelo, razón por la que empezó a estudiar cine. “Desde que decidí hacer la película tomé cursos pequeños de guión y de dirección de cine documental en México, en Chile; también en internet a través de una escuela española. Tenía que trabajar de bióloga y hacer la película, así que no podían ser tiempos muy largosË® cuenta la directora.

“Allende, mi Abuelo Allende” contó con la producción y complicidad de Paola Castillo, y se estrenó en el 68° Festival Internacional de Cine de Cannes como parte de la Quincena de Realizadores, siendo el único documental integrando el programa y el único largometraje chileno seleccionado para competir en esta edición del certamen.
Dice Marcia: “Me dio vértigo dejar la vida que llevaba en México, porque me iba muy bien. Era muy ingenua al principio y no dimensioné lo que me propuse como desafío. Casi por ignorancia, pensaba que iba a hacer la película en dos años y volvería a mi vida anterior. Pero lleva tiempo conseguir el financiamiento y el equipo correcto, algo que fue muy difícil. Al final, me rodeé de gente muy profesional y solidaria, gente que estuvo acompañándome todo el tiempo”. Con respecto al proceso de realización, explica: “Una de las transformaciones más fuertes fue ir centrando la narración en el círculo más pequeño familiar, entendiendo que eso permitía al espectador también ser parte de esa intimidad, que es una de las fuerzas de la película: la sensación que uno también está ahí, conversando con la familia o viendo cómo transcurren los acontecimientos. Por supuesto que esto no lo logré yo sola, es un trabajo de equipo, de analizar en conjunto el material, la narración, debatir, etc. Y con eso voy a otro punto muy relevante, mantener un equipo cohesionado por un período tan largo – 8 años – es un arte, en lo cual la mirada y complicidad de Paola Castillo, la productora, fue fundamental. Mi gran reconocimiento es para el equipo que trabajó en el film, son personas con mucho talento y experiencia en cine que aportaron significativamente en cada etapa de la película, que fueron muy solidarios y que creían que era necesario e interesante contar esta historia”

“Primero pensé explorar y averiguar la parte más personal de mi abuelo, sólo para mí. Pero parte de mi motivación tiene que ver con los recuerdos de mi niñez, durante nuestro exilio al ver el rostro icónico de mi abuelo en afiches pegados en los rincones “chilenos” o solidarios con Chile en el mundo. Creo que él le pertenece en un sentido figurado a miles de personas. Como el documental explora su figura con sentido cercano, algo lúdico y cálido pero crítico a la vez, y ayuda a conocerlo en mayor profundidad, en algún momento antes de empezar, sentí que tenía que compartirlo”. En referencia al límite entre lo público y lo privado, Tambutti agrega: “Lo público es parte de mi historia familiar y en especial, de mi abuelo. Dejar fuera lo público sería como cercenarlo. A su vez, lo público juega un papel importante en lo íntimo, ahonda la búsqueda, la reflexión y también lleva a la familia a enfrentar procesos fuertes, como la exhumación de los restos de Chicho (como le decimos a mi abuelo en la familia). Si bien la narración gira alrededor de un proceso que le sucede a cualquier familia en cualquier parte del mundo, historias que no se hablan y personas que empujan para saber, en nuestro caso, es más visible por la paradoja de que mi familia se dedicó a difundir su legado en el mundo, hablando de sus principios ante miles de personas, pero en la intimidad casi no nos contaban de él. En términos de tratamiento visual, lo público entendido como lo que proviene de archivos oficiales o políticos, es “des-archivado”, recuperado desde detalles y acercamiento con lupa a gestos que revelan posturas personales repetidas, como agitar un pañuelo, usar el dedo para señalar, u observar rincones de sus espacios cotidianos, que transforma la manera en que lo miramos, acercándonos cada vez más a él”

Tambutti Allende relata: “Al principio, los silencios de mi abuela —si bien yo sabía que quería retratarlos— me ponían muy nerviosa. Eran momentos muy fuertes. Le hacía una pregunta y no contestaba, y como estaba delante de una cámara, no sabía qué hacer. A veces yo quebraba los silencios, pero me costó aprender a fluir con ellos. Fue muy difícil, en el sentido de que es una dinámica familiar que, si bien quieres registrar, igual te genera pudor, porque eres parte de ella. Hubo mucho trabajo en equipo para ir aprendiendo de mis errores, para mantenernos fieles a ser transparentes y a superar los pudores”. La directora continúa: “Creo que el silencio es algo que ocurre siempre en los países que han pasado por dictaduras tan traumáticas. Es un poco lo que le ocurre a mi familia: lo que nos duele, no lo hablamos. En el caso de Chile, es lo que nos divide. La gente no se atreve a hablar en el colegio de Salvador Allende, porque los alumnos se van a pelear. También creo que, tras una dictadura tan represiva, queda una especie de miedo en alguna parte de la cabeza que genera tensiones muy potentes. Llegué a Chile al inicio de la democracia y sentí la universidad como un foco muy violento, en cuanto al trato entre compañeros. Sentía que en México todo era más paz y amor. Esos son temas que no están resueltos, y tiene que ver mucho con cómo el país se plantea hablar de la justicia y la memoria. Hablar es un proceso sanador que como país debemos hacer”
Con respecto al efecto de la imagen de su abuelo, asociada al dolor y la tristeza, dice Marcia: “Quise transmitir la sensación de felicidad y de construcción común de futuro, por ejemplo, con el audio de uno de sus discursos que puse al inicio, o con esas imágenes espectaculares de campaña, en las que ves a mucha gente feliz. Muchos se acercan a mi mamá a decirle: “fue uno de los mejores períodos de mi vidaË®. Aun así, su figura está asociada también a cierto dolor. Por eso, para mí, fue muy nuevo ver esa felicidad en la gente, y por eso quise que estuviera presente en el documental, para que así, el que no conoció el proceso ni de oídas, pudiera sentir que fue algo real y muy potente”








